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El alcoholismo. Repercusiones y alteraciones neuropsicológicas

01/12/2017

El alcohol, aunque actualmente se trate de una substancia aceptada y legalizada en la mayor parte del mundo, es el responsable de muchas de las problemáticas existentes en nuestra sociedad. En este sentido, aunque es cierto que otras formas de drogodependencia reciben más atención, su consumo es el que más problemas produce, ya que repercute tanto a la salud del individuo como a nivel social. En cuanto al término analizado, cabe resaltar que la Organización Mundial de la Salud (OMS) considera alcohólicos a aquellos bebedores excesivos cuya dependencia al alcohol ha alcanzado un grado tal que presentan notables trastornos mentales o interferencias con su salud mental o física, sus relaciones interpersonales y su funcionamiento social y económico.

Por lo que respecta al curso del consumo, normalmente la persona se inicia por curiosidad, por presión social, o para obtener los efectos placenteros anticipados. Con el tiempo, pero, su consumo prolongado produce tolerancia, es decir, que el cuerpo necesita progresivamente mayores cantidades para obtener los mismos efectos, generando así, el fenómeno de la dependencia, y por tanto, la adicción. Ciertamente pero, en este proceso están involucradas variables personales (personalidad, factores cognitivos, etc.) y ambientales (estabilidad contextual, cultura, educación, etc.) que permiten explicar, en cierta parte, el patrón de consumo adquirido por el individuo. Junto a esto pero, la propia “droga” posee en sí ciertas características que la hacen potencialmente dañina y proclive a su uso reiterado. En relación a su composición, y en contra de lo que se acostumbra a creer, se trata de una substancia depresora. Así, el alcohol etílico o etanol, actúa sobre el Sistema Nervioso Central (SNC) inhibiendo principalmente las estructuras asociadas con el autocontrol. De esta forma, inicialmente promueve la desinhibición de las áreas frontales y prefrontales del cerebro, relacionadas con la planificación de tareas, el control de impulsos, así como la ejecución motora, entre otras. Por ello, muchas personas manifiestan estar más “preparadas” o “predispuestas” para poder involucrarse en ciertas actividades (como la sociabilización) tras su ingesta. A pesar de ello, en poco tiempo podemos notar el efecto casi contrario, es decir, el cansancio, aplanamiento o incluso el sueño. Junto a esto, puede aparecer la famosa resaca, causada principalmente por la deshidratación tras la degradación del alcohol, donde se observa una dilatación de los vasos sanguíneos y una disminución del nivel de azúcar en la sangre (glucosa).

Cuando se produce el alcoholismo, en muchas ocasiones existe una baja tolerancia a los síntomas que produce el cese del consumo, por lo que el estado de embriaguez puede llegar a ser el principal protagonista del día a día de la persona. Esto produce una clara alteración a nivel social (p.ej., aislamiento), familiar (p.ej., desconfianza, alejamiento), económico (gasto, pérdida del trabajo), y evidentemente personal. En este último ámbito, cabe remarcar que el alcohol puede ser el autor de trastornos psicológicos específicos asociados al daño neuropsicológico producido. Teniendo en cuenta el momento o curso de la problemática, podemos diferenciar dos tipos, los agudos y los crónicos.

Algunos de los trastornos agudos son:
-    Intoxicación alcohólica: es el resultado del consumo reciente de grandes cantidades de alcohol. Los síntomas más importantes son la sedación y la posible pérdida de conciencia. La pronunciación y el lenguaje se alteran, existe incoordinación, marcha inestable, deterioro de la memoria y la atención, y puede aparecer el coma.

-    Delirium tremens: se produce cuando el consumo cesa, como una exageración de los síntomas de abstinencia. Aparecen ansiedad, insomnio, temblores, taquicardia, desorientación, fluctuación del nivel de conciencia, temblores e incluso alucinaciones que pueden llegar a ser visuales.

-    Disfunciones sexuales: El consumo repetido se asocia a distintas alteraciones sexuales, y principalmente a la impotencia y a la falta de deseo sexual. Tal y como hemos comentado, al ser una substancia depresora, inhibe características esenciales para llevar a cabo la conducta sexual, como son el deseo y la activación del sistema nervioso central.

En cuanto a las alteraciones o trastornos crónicos, algunos ejemplos son:

-    Demencia alcohólica: Aproximadamente un 10% de las personas alcohólicas crónicas, presentan un deterioro permanente, progresivo e irreversible de sus funciones cognitivas (sobre todo planificación, atención y memoria), incluso después de la abstinencia.

-    Síndrome de Korsakoff: Se caracteriza por un fuerte deterioro de las funciones de la memoria anterógrada (capacidad para adquirir nueva información) y retrógrada (capacidad para recordar eventos previos a la lesión cerebral), que va acompañado de apatía, fatiga y alteraciones en el estado de ánimo.

Junto a los expuestos, existen otros problemas igual o más importantes que no solamente influyen en el funcionamiento del individuo, sino que generan malestar a todos los niveles. El alcoholismo es considerado un trastorno progresivo grave, el cual va acompañado de problemas psicológicos, fisiológicos y sociales. Aunque convivamos con él y estemos “acostumbrados” a su presencia, debemos hacer un uso controlado y responsable de su consumo, lo cual puede ayudar a prevenir futuras complicaciones como las citadas. Además, en los casos en que haya llegado a suponer un problema, el abordaje terapéutico por parte de un psicólogo, un neuropsicólogo y psiquiátrico serán indispensables para garantizar la mejora de la persona.

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